


Finales de mayo aun eran fechas precipitadas para prever lo que habría de suceder durante este tiempo de ausencia, y en varios sentidos. Yo había conocido el invierno en Sydney de sol radiante, mangas cortas, y todavía, marca de las gafas de sol en la nariz. Pero justo unos días después de aquel paseo en la playa, un temporal comenzó a azotar la costa central del este de Australia causando inundaciones extremas, personas desaparecidas y barcos encallados en playas. Estuvo lloviendo durante semanas y el viento era tan fuerte que te empujaba al caminar.
Las casas de esta ciudad no están preparadas para tanto frio, llenas de respiraderos, ventanas de madera que ni por asomo encajan al cerrar y ranuras inferiores en las puertas que te obligan a abrir y cerrar cada puerta a cada paso que das.
El temporal se fue trasladando por la costa hacia el sur, llegando aproximadamente un mes más tarde hasta Melbourne y alrededores, y manteniendo el cielo gris, y nuestros ánimos a medio gas, sin apenas motivación alguna para salir de casa, y más concretamente del salón, donde tenemos la estufa de gas que más calor nos da, y donde he tenido que trasladar mi ofi -al estilo japonés, es decir sentada en el suelo pues no tenemos más que una mesa de café multiuso que hace las veces de parte de plataforma para montar la cama en la parte de atrás del coche cuando nos vamos de camping- para reducir el riesgo de congelación que un pequeño calentador de aceite es incapaz de combatir.
Pues sí, por fin el fin de semana pasado volvimos a ver el sol, y decidimos salir de Sydney, rumbo hacia el sur, a un pueblo costero, sin ningún encanto salvo las playas y la naturaleza, llamado Ulladulla (Aladala). Estas fotos son del camino, aun soleado con luz de invierno casi horizontal.
Los otros sucesos...pronto llegarán a ser contados


